22 agosto, 2012

ADIÓS.




-¿Supones que todo esto es “cosa del destino” o que la culpa es solo nuestra?
-No lo sé. Quiero creer que no pudimos cometer tantos errores juntos. Quiero creer que las cosas terminarían así hiciéramos lo que hiciéramos, pero me resulta odioso pensar que, si así fuera, nosotros simplemente somos muñecos manejables incapaces de construir nuestro propio destino.
-Yo prefiero creer eso. Así no me siento tan culpable. Suena patético, pero me resulta más aceptable ser una muñeca sin voluntad que una persona estúpida capaz de equivocarse tanto.
-Que posición más…
-¿Mediocre?
-No es lo que pensaba decir…
-Es lo que sientes. Y no importa si lo dices o te lo callas.

Silencio. Continuamos mirando el horizonte lleno de gente, de calles, de autos.  La avenida concurrida que se extiende más allá del balcón en el que nos hallamos asomados.

-¿Por qué piensas así?
-¿Qué me crees una mediocre? No lo sé. Tengo la impresión de que te despierto ese tipo de sensaciones: Mediocridad, conformismo… hastío…
-No digas eso.
-No te lo estoy reclamando. Tienes el derecho de formarte los conceptos que quieras. Tienes el derecho de sentir lo que quieras. No te lo puedo negar.

Se vuelve. Me mira. No se acerca, solo me mira.

-Ese es el tipo de cosas que quisiera cambiar. Ese es el tipo de pensamientos que quiero borrar de tu mente…
-Y si fueras una muñeca manejable no podrías hacerlo…
-Si lo fuera no sería capaz de cambiar el aspecto más insignificante de mi propia vida. Ahora lo decido. No quiero que haya un “destino”, quiero construirme el mío. Quiero construir uno para los dos…
-¿No lo dijiste antes? Que quieres creer que no pudimos cometer tantos errores juntos, bueno, lo hicimos. Fallamos mucho. Demasiado como para que ser capaces de construir un “nosotros”.
-¿En realidad quieres que termine así?
-¿En realidad piensas que podemos continuar?

Silencio. El mismo de siempre. El que determina que yo tengo razón. No se puede continuar.

-Solo quiero asegurarme de no estar cometiendo el último de nuestros errores.
-No te preocupes. Aunque fuera así, solo sería uno más en una larga lista.
-No me gusta que lo digas así…
-¿Cómo? ¿Resignada?
-Dolida.

Quisiera abofetearlo. A mi me duele esto, para él es difícil. Yo todavía lo quiero, él necesita saber que no se está equivocando otra vez. Yo deseo desesperadamente poder seguir a su lado, él solo espera que no sea demasiado difícil empezar de nuevo.

-Creo que ya es tarde.
-¿Para qué?
-Para irme. – Carraspeo – a las 3 tengo que ir a una conferencia.
-¿Estarás bien?
-Claro. ¿Tú estarás bien?
-No lo sé.

Le creo. Esto puedo no ser tan doloroso para él como para mi, pero si resulta mucho más complicado. Rompe sus esquemas. Desbarata sus proyectos. Inutiliza sus expectativas.

-Tu mamá… ¿lo sabe?
-No. Aún no se lo digo.
-¿Quieres que lo haga yo?
-No. Te haría preguntas demasiado… incómodas.
-¿Peores que las de mi familia? No lo creo.
-Yo tendría que haber estado contigo cuando se los dijiste…
-¿Por qué? Estamos rompiendo nuestro compromiso, ¿No sería sarcástico anunciar eso juntos?
-Por eso mismo no creo que sea buena idea que tú hables con mi mamá.
-Es diferente. Ella tiene que enterarse de manera… adecuada. Si no, armará un gran lío cuando le presentes a tu nueva novia…

Me clava la mirada con cierta brusquedad.

-No es mi novia…
-Todavía.
-¿Es por eso? ¿No quieres que lo intentemos una última vez por que piensas que quiero estar con ella?
-No quiero intentar por que ya sé cual será el resultado. Solo terminemos con esto pronto. Será lo mejor para todos.
-No quiero que te hagas ideas equivocadas…
-Solo paremos. No me tienes que explicar nada. Y yo tampoco tengo que explicarte nada a ti. Es más cómodo así.

Silencio. El último de sus silencios. El que más me duele escuchar.

-Si decides que es mejor que yo hable con tu mamá, mándame un mensaje. No llames. Solo envíame un e-mail o un texto al celular. Ahora debo irme, no quiero perderme la conferencia.
-Todavía no.

Me toma de la mano.

-Los dos nos equivocamos, pero yo cometí los errores más grandes.

Me tira con suavidad hacia él para abrazarme, pero no lo dejo.

-No me gustan este tipo de despedidas.  Solo decir “adiós” es lo adecuado para mi. Adiós.

Quito el anillo, que he estado acariciando desde hace media hora, de mi anular izquierdo, extraigo mi mano derecha de la suya, deposito el anillo en ella y me voy. Del balcón, de su vida, para siempre.





1 comentario:

  1. Desgraciadamente, los errores así son los más importantes de solucionar y los más difíciles de ver.

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