06 julio, 2012

COMPARTIENDO VIDA: Capítulo 8





8.

Martes.
En casa.




Diana termina de acostar a Nicolás justo en el momento en que su madre regresa de visitar a su hermana.

-No te oí entrar, ¿Cómo está Sandra? – le susurra ya en la  sala.
-Feliz de la vida. Tiene todo lo que quiere.
-Que bueno por ella…
-¿Nicolás está dormido? – pregunta la señora al tiempo que se acomoda en el sillón.
-Sí, pero me hizo padecer. No sé por qué últimamente le cuesta trabajo quedarse dormido… - Responde su hija yendo a la cocina a la lavar los biberones del bebé.
-¿Y su papá?

Diana sacude algunos trastes con intención de causar la suficiente bulla para que su madre piense que no la ha escuchado.

-¿Qué estás haciendo? Vas a despertar al bebé…
-¿Ah?... se me cayeron las ollas…
-¿Mario todavía no ha llegado?
-No, ¿Viste el cepillo para lavar los biberones?....  Lo dejé en el cajón de los cubiertos...
-¿No le preguntaste por qué está llegando tarde?
-Están haciendo una auditoría…  necesito ese cepillo, ¿no lo viste?

Diana continúa dando vueltas en la cocina cuando su madre entra y cogiendo el cepillo del cajón de los cubiertos, se lo pone frente a los ojos.

-¿Una auditoría dura casi un mes?
-Supongo que sí…

Diana coge el cepillo y frota enérgicamente un biberón con el.

-¿Y esas llamadas raras que contesta en la azotea?
-Mamá no comiences con eso otra vez….
-¿En verdad no te parece extraño?
-A veces la señal dentro de la casa es pésima...
-¡Que casualidad! Justo cuando llaman a tu marido no hay buena señal…
-Mamá, sé perfectamente que ésta es tu casa y tienes el derecho de decir lo que te venga en gana, pero no voy soportar que sigas hablando así. Ya tuvimos problemas por eso una vez…
-¿Qué? ¿Me estás echando la culpa de lo que te pasó?
-No, pero…
-¡Fue tu marido el que hizo que casi malparieras!
-¡Mamá!
-¡Es el colmo!

El ruido de la puerta al abrirse sobresalta a Diana. Cuidando muy bien de que no se repita la escena precedente a su alumbramiento, coloca boca abajo los biberones que casi ha gastado de tanto refregar,  y se dirige al encuentro de su marido.

-Hola – saluda él, recibiendo su efusivo abrazo con bastante complacencia.
-¿Estás cansado? – pregunta Diana, sin soltarlo y sintiendo de repente, que se ha quedado sin piso.
-Un poco.
-¿Cenaste?
-No….
-Siéntate, ahora te sirvo…

Su madre, que no tiene intención alguna de saludar a Mario, continúa en la cocina y como si hablara consigo misma, apenas la ve entrar, dice:

-Sandra vive como una reina. No tiene que mover un dedo en su casa por que para eso están las sirvientas…

Diana no percibe sus palabras ni como un murmullo.  Lo único que ocupa sus pensamientos en ese instante es el hecho de que hace unos momentos, y por primera vez en sus 6 años de casada, ha percibido en la ropa de su marido el aroma de un perfume femenino.

Mario espera su cena, paciente. Diana demora demasiado en servirle, pero eso no le molesta. Nada de lo que ella haga podría molestarlo ahora, por que en este momento más que nunca se da cuenta de cuánto la ama. Su suegra tenía razón, ella merece un vida mucho mejor, una con todos los lujos a los que siempre estuvo acostumbrada. Y su hijo no merece menos. Hizo lo correcto. Sí. No tiene por qué dudar. Cualquier hombre en su situación hubiera hecho lo mismo.

Las últimas semanas han sido extenuantes. El abogado lo llevó con el doctor que está atendiendo a su hijo y este le ha practicado un sinfín de exámenes médicos con la finalidad de asegurarse de que sus riñones se encuentran en perfecto estado de salud.

“La donación de órganos no es un juego” había dicho el doctor. “¿Ese tipo es estúpido? Claro que nada de esto es un juego, ¡eso lo sé perfectamente!

Todo el periodo de pruebas había pasado al fin, y ahora solo quedaba esperar los resultados. Especialmente el de compatibilidad. Si el porcentaje no es el adecuado, todo habra sido en vano. Para él y para el hijo del abogado. Solo queda esperar… y rezar. Nunca fue religioso, ni le dio demasiada importancia a Dios, pero últimamente creía que solo un ente mucho más sabio y poderoso que el hombre podría brindarle la solución a sus problemas. Y eso mismo pensaba la esposa del abogado. Justo acaba de conocerla, y por primera vez desde que trataba con su marido, había visto a este hablar de la situación de su hijo al borde de las lágrimas. Aunque quizá para ello haya contribuido la sensibilidad de la señora, misma que la indujo a expresar su agradecimiento hacia él con un fuerte abrazo. La pobre mujer creía que Mario era un bondadoso filántropo y no imaginaba que su esposo iba a pagar por su riñón.

-Aquí tienes…

Diana coloca el plato y un vaso de refresco sobre la mesa. Mario demora un par de segundos en notarlo y cuando logra abstraerse del todo de sus pensamientos, hinca un trozo  de carne con el tenedor y se lo lleva a la boca.

Diana se sienta en una silla a su lado y justo cuando va a dirigirle la palabra, suena el timbre de un celular. Mario, con un ligero sobresalto, saca el móvil del bolsillo de su camisa y contesta la llamada.

-¿Aló?...
-Acabo de hablar con el médico. Ya tiene los resultados de compatibilidad…

Mario se pone de pie casi de un salto y se dirige a la azotea sin siquiera volverse a mirar a su esposa.

-¿Aló? ¿Me escucha?... ¿Aló?… ¿Sigue ahí?
-Sí, sí, voy subiendo las escaleras hacia la azotea y no tengo buena recepción, ¿aló?
-Lo escuché, ¿ya llegó?
-Sí…
-¿Puede oírme bien ahora?
-Sí, dijo algo sobre los análisis…
-El médico me llamó hace un momento para decirme que ya tiene los resultados
-¿Y? ¿Somos compatibles?



Mario corta la comunicación maquinalmente. Por fin tiene una respuesta y es la que más temía. Siente una terrible opresión en el pecho y camina hacia el borde de una pared como si sobre sus hombros cargara el peso del mundo. Otra vez siente que no hay alternativa.

-¿Qué debo hacer ahora?

El cielo no le contesta más que con el imperceptible resplandor de las estrellas. Es una noche oscura. Muy oscura.

Diana, nerviosa y presa de un extraño temor,  baja las escaleras tratando de hacer el menor ruido posible. Es la primera vez que espía a esposo… Mario no lo sabe, pero ahora ella está segura de que él no le oculta una infidelidad, sino algo más.



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1 comentario:

  1. Perdón por tardarme tanto en pasar por aquí, es que ando algo colgada con los estudios y se me complica para seguir todos los blogs al dia :T
    En cuanto a la entrada, me ha encantado. Me gusta muchísimo como escribes, y creo seriamente que tendrías que continuarla más seguido :)
    Un fuerte abrazo!

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