05 marzo, 2012

RABIA.



-¡Porquería!

El celular rebota en la cama y termina estrellando en el piso. La tapa, la batería y el aparato con la pantalla rota salen disparados.

-¡Mier…!

La palabra está a punto de ser completada, pero con un esfuerzo, la joven que está a punto de pronunciarla se contiene.

-Maldición. – musita intentando controlar las ganas de decir groserías.

Rabiosa y cansada a la vez, se deja caer de cualquier manera en el piso al lado de la cama. Desparrama sus sus extremidades y reclina la cabeza en el colchón. No puede evitar que los ojos le ardan por el esfuerzo de no llorar y no puede evitar que finalmente su intento resulte vano.

Durante unos segundos deja que un par de lágrimas le mojen las mejillas, pero al final la rabia le gana a la impotencia y se pone de pie con toda la intención de destrozar algo más grande que su celular. Revuelve los frasquitos de su cómoda con brusquedad, camina dando vueltas por la habitación pero no halla nada digno de su ira.

-¡Maldita sea!

Los ganchos del guardarropa pagan la culpa y son desperdigados por toda la habitación. Blusas, pantalones y casacas adornan el piso, mientras que una zapatilla sale disparada por la ventana. El par está a punto de hacerle compañía, pero termina estrellándose contra una pared al mismo tiempo que una pequeña avecilla entra de quién sabe dónde.

Durante un instante la zapatilla permanece quieta pero luego pega un salto. Tras de un par de movimientos se asoma debajo, la punta de lo que parece ser un pico. Presa de un temblor nervioso producto de su furor y de cierto temor, la joven se acerca con sigilo a la zapatilla y de un tirón la levanta. Una avecilla agita su diminuto cuerpo en un desesperado y doloroso intento de volar.  

Sintiendo el desagradable aguijonazo de la culpa, se acerca nuevamente a la pequeña ave. A arrodillándose la toma entra sus manos y coloca en la cama lo más delicadamente que puede. La avecilla intenta sacudirse de nuevo pero carece de fuerzas y solo logra emitir un leve ruido, como de agonía.   

-Lo siento…

El corazón se le contrae cuando descubre que las plumas azulinas del ave están cubiertas de un ligero tinte rojo. Se observa las manos y también las halla manchadas. El pequeño animal se estremece por última vez y por fin queda inmóvil.  Con un nudo en la garganta espera unos segundos pero el ave no se mueve. No lo volverá a hacer  jamás.  

Las lagrimas vuelven a brotar pero esta vez a raudales. Al final, sì logró romper algo mucho más grande que su celular. Un avida.







5 comentarios:

  1. Sin palabras! Es una entrada realmente preciosa, ha conseguido estremecerme. Me encanta tu blog! te sigo! Un besazo!

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    1. hola Eva, me alegro de que te gustara el texto. En cuanto pueda me paso a visitarte. Un abrazo.

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  2. :O qué bonito y qué triste a la vez.. tiene muchísimo sentimiento, sigue escribiendo así de bien ^^ besitos!

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    1. Hola An! gracias!!! tu también escribes muy bien, me encantan tus entradas, aunque últimamente no he tenido tiempo de leerlas con paciencia =S

      Un beso.

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  3. wow.... en verdad hay cosas que cometemos y hacen más daño a otros que a nosotros mismos.
    me gusto tu historia, espero te puedas pasar por mi blog de relatos ^^
    http://ale-fantaseando.blogspot.com/
    saludos y sigue escribiendo.

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Gracias por pasarte por aquí. Ten un buen día.