20 enero, 2012

COMPARTIENDO VIDA: Capítulo 6







6.

Domingo.
En un restaurante.




El bebé es precioso. Tiene los ojos café, la nariz recta, los cabellos claros, es el vivo retrato de su madre. El bebé crecerá pronto. Aprenderá a hablar, a caminar, irá al nido, luego al colegio, estudiará en una buena universidad y será exitoso. Sí. Lo logrará. En su recorrido los obstáculos no serán tan grandes. Papá le allanará el camino. Papá le dará todo lo que necesita para ser feliz. Mario lleva casi una hora observando la fotografía de su hijo, y si todavía debe esperar otra hora, seguirá contemplándola.

Una mesera se le acerca y le pregunta, por tercera vez, si desea ordenar algo.

-No. Espero a alguien.

La mesera, vuelve a desfigurar su sonrisa en un rictus de fastidio, al oír, también por tercera vez, aquella respuesta. Mario levanta la mirada hacia ella al notar que aún sigue parada a su lado, pero su atención se concentra de pronto en el hombre mayor que se dirige a su mesa.

-Buenas tardes…

Mario se pone de pie, y con cierto nerviosismo le extiende la mano. Este se la recibe apenas por un par de segundos y murmura un “buenas tardes” gutural.

-¿Esperó demasiado? 
-Casi una hora…
-Tuve un contratiempo. Lo siento.

El tono de voz del hombre es tan indiferente que Mario acepta la disculpa como tal tan solo por el “lo siento”.

-¿Me podría repetir su nombre por favor?

La pregunta le suena algo ofensiva, pero se contiene y responde:

-Mario Torreblanca Estrada. Trabajo de auxiliar contable en el Estudio que funciona en el segundo piso…
-Eso sí lo recuerdo, te he visto un par de veces en el edificio…
-¿Los señores desean ordenar?

Mario le dirige una mirada fría a la irritante mesera, pero esta lo ignora y se concentra del todo en el otro caballero.

-Un café negro.
-No desea revisar la cart…
-¿Usted? – pregunta el hombre mayor a Mario
-Lo mismo.

La mesera, bastante más fastidiada que antes, se dirige  a la cocina llevándose consigo las cartas del menú sin abrir.

-En mi caso no creo necesitar presentación – continúa el hombre como si no los hubieran interrumpido - usted parece conocer de mi vida bastante más de lo que imaginé.
-No creo que intente guardar como un secreto que es abogado y dueño de la notaría, y, disculpe que se lo diga, pero la situación de su hijo es conocida por todos sus trabajadores…
-Aprovechándose de lo cual me quiere hacer creer  toda esa sarta de estupideces…
-Aquí tienen su pedido…

Esta vez la interrupción de la mesera resulta bastante oportuna. Mario estaba a punto de dar un golpe sobre la mesa y ponerse de pie cuando ella se acercó con la tazas de café.

-Que lo disfruten…

El dueño de la notaría ni siquiera espera que la mesera se aleje para continuar:

-¿Quién diablos eres? ¿Desde cuándo estás investigando a mi familia?
-Yo no estoy investigando nada sobre usted.
-¿Entonces cómo sabes lo de mi hijo?
-Le acabo de decir que todos sus trabajadores lo saben…
-Pero tú no eres uno de ellos
-¿Acaso cree que no lo comentan? ¿En realidad piensa que nadie en el resto del edificio lo sabe?
-No me tomes por imbécil, muchacho. De pronto te me apareces, me dices que has escuchado sobre mi hijo, me cuentas una historia absurda sobre por que te interesa el asunto y te presentas como mi gran solución, ¿Piensas que te voy a creer? Por tu bien, será mejor que me digas de una maldita vez, quien eres y que diablos estás buscando.

Mario contiene su rabia una vez más. Saca su billetera del bolsillo del pantalón, busca su DNI y unas fotos, y coloca ambos sobre la mesa.

-Este soy yo, y el bienestar de ellos es lo que estoy buscando.

El abogado observa con recelo el documento de identidad de Mario y el par de fotos que ha extendido sobre la mesa. Durante un instante se limita a observarlos desde lejos, pero finalmente coge la foto en la que aparece una mujer cargando a un bebé.

-Son Diana y Nicolás, mi esposa y mi hijo.

El abogado observa por un momento la imagen del bebé.

-¿Cuántos meses tiene? - pregunta
-Tres semanas y 6 días.
-Parece más grande…

La voz del abogado aún suena fría, sin embargo delata  cierta ternura mal disimulada.

-El DNI puede ser falso y las fotos se consiguen con facilidad así que no intentes engatusarme.
-Lo único que estoy intentando es cuidar de mi familia y entiendo que usted hace exactamente lo mismo. El viernes, cuando fui a buscarlo a su oficina, le dije que sabía por lo que estaba pasando, pero no me refería al estado de salud de su hijo, si no a su impotencia por no poder darle lo que necesita. A grandes rasgos le expliqué mis razones, y en ningún momento pretendí presentarme como su “gran” solución, si no como la mía propia. Debo 35 mil soles a un banco, perdí mi casa, mis propiedades, mis ahorros, y tengo que cuidar de mi familia. Usted tiene un hijo enfermo, pero no es pensando en él que me presenté en su oficina para ofrecerle un pedazo de mi cuerpo. Llámeme egoísta, ruin o lo que quiera. Lo único que yo estoy buscando es el bienestar de mi esposa y mi hijo, y a estas alturas, si para eso necesito vender uno de mis ojos, un pedazo de mi hígado o un riñón… lo haré.

El abogado observa esta vez la foto de Nicolás que Mario estuvo mirando mientras lo esperaba. Es un bebé precioso. Tanto como lo había sido su hijo…

-Aunque me estuvieras diciendo la verdad, no podría confiar así de fácil. Si realmente estás dispuesto, esperarás a que te investigue.
-Ya lo dije, a estas alturas haré lo que sea necesario.
-Bien. Quiero que apuntes todos tus datos. Teléfono, dirección, edad, lugar de nacimiento, todo lo que pueda confirmar que eres quien dices ser y que tu historia es cierta.

El abogado coloca sobre la mesa un bolígrafo y una pequeña libreta que llevaba en el bolsillo de su saco. Mario, una vez más, siente en los labios la amargura de la humillación. Pero debe soportarlo. Tiene que hacerlo.

Durante tres semanas se la pasó dándole vueltas una y mil veces al asunto, y finalmente decidió que no tenía alternativa. Puede vivir sin un riñón, pero no puede vivir sabiendo que no es capaz darles a Ana y Nicolás la vida que se merecen.

Tres páginas de la libreta son llenadas por ambos lados antes que Mario suelte el bolígrafo.

-El número fijo es de la casa de mi suegra. Vivo allí. Si llama ponga cualquier excusa con tal de que quién conteste no sospeche nada. Esa es la única condición que pongo, nadie debe sospechar nada. Haga sus averiguaciones de la manera más discreta posible, por favor.
-Lo mismo te pido yo. Nadie en el edificio debe tener la más mínima idea de lo que hablamos el viernes y menos hoy.

Solo el café negro del abogado fue bebido. El de Mario continua intacto sobre la mesa, hasta que la mesera observa irse al hombre mayor. Recién entonces se acerca y recoge las tazas y el billete con que el abogado canceló la cuenta. Ya se dirige a la cocina cuando este último se le cae y al agacharse para recogerlo descubre una foto tirada en el piso. El muchachito delgado y pálido que sonríe con desgana es guapo. La mesera se guarda la foto en el bolsillo de su mandil en el mismo instante en que, a muchos kilómetros de allí, el abogado nota que ha perdido la foto de su hijo.




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